SARTRE Y UNA PIZCA DE PICANTE

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He decidido inaugurarme en este  sitio retomando una obra cumbre de filosofía y en comienzo, hay dos livianos tropiezos. No la he terminado de leer por el tiempo que amerita, y ya que su complejidad es tanta, ha dado de qué hablar; de algún prólogo se citó a un autor que señaló lo siguiente: de diez personas que la leen, siete la abandonan y dos no la comprenden. Y me cuento entre ellos, sin especie de remordimiento alguno. El segundo tropiezo es que este breve análisis podría considerarse una crítica, más bien somera, que requiere la lectura del primer subtítulo, antes de sumergirnos en las espesuras y avatares deliberativos de las hojas posteriores. Sólo en ello se presentará en forma de propuesta. Como ya se habrá notado, se trata de “El ser y la nada”. Se percatarán que su introducción, a la que me refiero, titula ‘En busca del ser’, y el cortísimo fragmento que comento ‘La idea de fenómeno’.

¿Qué se puede colegir? Reconozco que en cada ocasión que me hallo en el traspie de topármela, atreviéndome a avistar su secreto, me siento cada vez distinto. Parece que la entendiera siempre de un modo diferente. Esta vez, no obstante, me he oscurecido en un fondo suficiente, a la vez que curioso.

La palabra clave de este espectacular escrito, su categoría central (si así se puede denominar), es ‘serie’. Debe ser por traducción o llamándolo de alguna forma, por la astucia idiomática del autor, que intuyo -diría acertadamente-, lo que contiene es un trueque de palabra, una indicación indebida, indirecta, de aquel otro concepto al que  huye el escritor: el tiempo. Así se ahorraría quizá una lectura en Heidegger. Es evidente. Ella, la ‘serie’, huele además en la lengua española, a matemática, a positivismo científico.

Observo desde este punto, mi perspectiva, que las lecturas de Jean-Paul Sartre son más diversas de las que se podrían percibir en Martin Heidegger. Éste, sabido es, era más nacionalista. Es factible sospechar la divinidad en las paginas de sus libros, casi explícitamente, en la misma medida en que se le tiene en honra por el bello uso que hace del lenguaje metafórico. Su sabiduría sobre la cultura griega debe exceder con mucho a la de Sartre, quien en este asunto debió ser un alumno mientras leía a su adversario. Es notable también que lo haya precedido a aquél Husserl. Al otro no se le apunta una ascendencia fija, aunque ella lo posee, en lo diverso, con mayor grado.

Si es una búsqueda la susodicha introducción a la que me refería arriba, no será plausible encontrar la respuesta definitiva a esa ya famosa pregunta por el Ser, en aquel abultado ensayo. Menos que nada. Pero no es prudente desviarse en prejuicios.

Ahora bien, deberá ser interpretada como una carga harto pesada, injusta, tal vez, aquella intención de ponerle al fenómeno el mote de idea.

Advierto que no se frenará el filófoso en usar su pluma para esbozar de forma íntegra a la nada; otro poco hará con el ser. No recomiendo la ambición de dudar en extremo filosófico hacia lo que sea que oculte. Esta obra, más que generar duda, genera terror. Sus armas recurrentes son: el psicoanálisis, la profunda, muy profunda, lógica/dialéctica; y el recurso a la cita de autores que, en este caso, permitan refutar lo más esencial, lo primordial de Heidegger. A quien podrán juzgar por su cercanía a la breve y difundida historia del nazismo, e incluso, por su silencio (¿ególatra?), hacia el resto de la cultura europea.

Puedo ahora sí entrar en materia, apoyándome en Nietzsche, para arrojar dos puñaditos de tierra. En primer lugar, y vista ya la corta referencia, me llama la atención el escape que realiza, el existencialista, a la crítica certera del filólogo alemán contra los pensadores fanáticos de ‘la cosa en sí’, a la que se alude, sin afirmarla por supuesto, cuando se usan los vocablos ‘objeto’ o ‘realidad’. Más aún ‘lo existente’. El cientifismo conceptual que permite ampliar la ‘electricidad’ a la ‘electrolisis’ no implica por develación ‘real’ que estos sean conocimientos al menos válidos, o necesarios, ni tampoco útiles; por cuanto al ser humano le sobra debilidad para comprenderse, en absoluto, inclinado a ese sistema de realidad. En segundo término, el hecho de acomodar, casi personalizándola, a la fenomenología como un nominalismo, hace mella en la concepción que Nietzsche ha creado (¿?) sobre el lenguaje. Un sujeto, llamémoslo Sartre, está en condición de igual proporción, anclado, sumido (¿hipnóticamente?) en su trampa ineludible. Por eso, no hay que confiarse en esa pretensión flaubertiana de la ‘exactitud’ de la expresión. No con este reto. Pues la palabra escrita ha reflejado a ese sujeto como persona, así achaquemos por tangencialidad la mayor culpa al traductor -cada vez pienso más, por ejemplo, en esa manía de los traductores de poner citas aclaratorias en un intento no disimulado de controvertir el texto. Dejemos por ahí a Nietzsche.

Para analizar a la mentada ‘serie’ hay que retomar la discusión acerca de la temporalidad. Aunque no voy a alargarme demasiado. Paciencia. Esa traducción de suerte ‘matemática’ (buen truco) aclara por qué se llega precisamente a la dualidad ‘infinito-finito’, que refunda nuevamente y como por ósmosis, a las dualidades que se supone la fenomenología había sepultado. Nótese al respecto que el autor inicia proponiendo un dualismo curioso, de gran habilidad: el de ‘lo existente’ contra ‘la serie de las apariciones’. Pues lo que Sartre permite deducir es que cada individual aparición encuentra su ser, su ‘razón’, en esa ‘serie-tiempo’ (expresión burda), que se hace insoslayable para cualquier ser humano. Haría falta imaginación para que éstos últimos pudieran prever de algún modo la serie total. Ahora se comprenderá, por poco, que el autor tenga referida una obra completa a ese problema. Porque es mejor, políticamente hablando, que uno imagine la serie total, a ese tiempo lejano, y en vez de tener fe sobre su estructura posible.

Reconozco de una vez que esto no llegará a la anhelada ‘innovación’ de esta época. Digamos que el tiempo es una palabra, por ende construida. Debe ser una reflexión dubitativa en el lenguaje. Tomemos ese camino. Pongamos un ‘no obstante’ para exponer que su relación con la Historia es evidente. Luego deberíamos esperar alguna mención a ese vínculo, ya que su contendor ha dicho cosas enormes al respecto. Aceptemos que “Ser y tiempo” es una obra inconclusa frente a la afanosa muerte y la afanosa necesidad de aproximación al ser. Supongamos también que haya personas honestas y disciplinadas a la vez que todavía se interesen en perseguir la misma tarea, la de ambos próceres de la filosofía.

Recordemos en Salvador Dalí lo onírico del tiempo. Remarquemos que Sartre, por casualidad o intencionalmente, hace historia de la filosofía. Tengamos en cuenta el ateísmo sartriano y los universos epistemológicos que le sirven de muleta, como la ciencia, todos juntos turbando las aguas del entendimiento. Figurémonos que esa ‘serie-total’ pueda tener un sentido. Recordemos si hemos temido y luchado contra ello en algún día invernal. ¿Se podría mimetizar en ella al ‘eterno retorno’? Contrastemos nuevamente la cita de Nietzsche, que no significa una certeza imperativa acerca de la ‘ilusión de los trasmundos’, ni aún creencia: quizá reconocimiento. En Freud se profundiza esa acepción. Pero seamos sinceros: es necesaria la alteridad en medio del debate, pues a cada individuo, le es propio, de modo distinto, un testimonio acerca de esa serie. O eso se podría sospechar.

Preguntemos: ¿qué lugar tiene el tiempo en la psique humana? ¿hay una conciencia capaz de percibir, diferenciándolo, un exterior? ¿tiene la epistemología incorrupta algo que aportar a esta discusión? ¿es, como pensaba Kant, un a priori del ser humano, el tiempo? ¿es por definición el tiempo, una abstracción? ¿Será posible que una roca sea, hasta cierto punto imaginable, conciencia, e incluso, conciencia de tiempo? ¿No es posible que esa ‘serie de apariciones’ sí pueda repetirse como creían los estoicos con aquello de la conflagración?

Quizá el grano de arena, o los átomos del agua posean una vida tan plena como la que creemos poseer los seres humanos, presuponiendo nuestra inconsciencia hacia ella, y de un modo recíprocamente indiferente. Conclusión: ya han muerto varios sin cumplir su tarea. Supongamos que el pensamiento sea pura energía y que la muerte sea un proceso fisico-químico, como se podría comprobar. ¿Es demasiado trágico que con ella se pierda al yo?Imagen

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El holocausto de 1 Hombre 1 Mujer

Sufro de paranoia, pero es pura presunción. Se define como una “psicosis crónica, caracterizada por un delirio más o menos sistematizado, el predominio de la interpretación, la ausencia de debilitación intelectual, y que generalmente no evoluciona hacia la deterioración”. En términos psicoanalíticos, explicando superficialmente, se puede conjeturar que los delirios pierden su valor sublime cuando se circunscriben a la psiquiatría. No sufro de delirios. Una psicosis se entiende que es una escisión de la realidad. Tal vez ella sí. Causa: ¡mi mundo se enloqueció!

Yo entendía que la psicosis podía generarse, o por la circunstancia del medio o por una descompensación del Superyó (la ‘conciencia moral’). Una autora reconocida en filosofía -Hannah Arendt- afirmaría: es cuando se desequilibran a un tiempo en el individuo su lugar público y su lugar privado. Este delirio se denomina a sí mismo así: Es cuando los sufrimientos y esperanzas propias se engrandecen en virtud de la realidad social que los requiere. Por exceso de lectura absurda.

Existen personas para las que hacer públicos sus miedos, dolores, preocupaciones o achaques mentales, es un medio de atraer la atención y generar interés. Cualquier situación, por ejemplo la homosexualidad, tiene sus medios de publicidad. En otras épocas, por lo menos durante el oscurantismo del medioevo de nuestra amada sociedad occidental, se perseguía a las comunidades culturalmente, como a aquellas personas con una tendencia sexual alternativa. Es posible suponer que cuando no sucumbían por una enfermedad neurótica o psicótica, eran atormentados por el entorno, tal vez reprimidos mediante la burla, desplazados de su hogar, etc. A menos que la vida religiosa, a través de la catártica confesión, pudiera hacer compatible y hasta llevadera esta condición -vale decir, gloriosa, impetuosa, valiente, diversa y profunda. Tanto como uno se la puede imaginar en la sociedad heterosexual. Lo anterior cambió, progresivamente y con cierta lentitud, hasta que la plena cultura laica se conformó.

Con distintos niveles de aceptación, por supuesto, pero perceptible en mayor grado después  de la segunda mitad del siglo XX. Nuestro último holocausto, comparado demográficamente a los judíos, también sucedió de cara al mundo, siempre en menor proporción, aunque importante con respecto a la totalidad de las víctimas de la segunda guerra mundial. También nosotros pertenecemos a ese Macondo mítico -sin perjuicio del etnocentrismo en García Márquez, en el que las gentes primigenias podían decir: seguimos muriendo de forma natural. ¿Cuántos no? Sobrevivimos a las bombas nucleares, impunes, de Hiroshima y Nagasaki, a los ataques aliados, al transcurrir de la guerra fría (aún latente y perniciosa), a los conflictos internacionales, a los conflictos armados internos, a las dictaduras. Tratamos de ser con el comunismo, el capitalismo, con liberales y conservadores, con totalitarios, aristócratas y burgueses. Ahora con culturas retrógradas. Eso es todo.

Esta pequeña sociedad, ahogada por el resto, reconoce su cuerpo y su sexualidad, sus virtudes y sus vicios; de tal suerte desigual, que debe padecer y tolerar a la otra sexualidad, además de sus estructuras y arquetipos fundantes. Sin mencionar cómo, diría Sigmund Freud, se regula la individual (en todos presente), disposición sádico-anal. ¿Eso lo entiende la comunidad heterosexual? Sospecho que muy poco. Ante todo, por la ignorancia hacia esta frontera virtual. Acotemos que en la antigüedad el grado de ‘tolerancia’ era distinto. Uno podía tener orgullo de tener emperadores como Adriano, a quién se le esfumó el reflejo de su vida, Antínoo, según lo relata Marguerite Yourcenar. Hoy en día, a griegos y romanos se los juzga de pederastas, pues es el camino corto para renegar de la sexualidad sodomita o herética, y anormal.

Así lo explica Foucault, quien se refugia en la sociología para encubrir esta condición en el concepto de anomalía. La conclusión no es suficiente. Puesto que se diferenció una homosexualidad premoderna de una posterior al siglo XIX. Y se nombró el conflicto vertiginoso entorno a las muchedumbres, en la masa de hoy, pero se perdió el horizonte ontológico, el único que podría fundar esta dignidad. Empero, con este avance quedan descontados los debacles de tipo social, de mayorías y minorías; aquel accionar colectivo que es posible desplazar para otros análisis más ansiosos de revolución y transformación práctica.

Un problema psiquiátrico no puede ser la homosexualidad: esto lo explicó Freud. Estas personas no pueden movilizar de un lado a otro sus preferencias eróticas, como querrían aquellos que las descubren en algún cercano. Podría decirse: desconocimiento de sí. Pues se supone que jamás se deleitan con la contemplación estética de sus iguales. En el mismo tamaño en que se presentan las colectivamente angustiantes psicopatías, es con semejante frecuencia desesperante para esta aciaga comunidad. Por cuanto son sujetos de estudio, se incluyen en el denominado ‘Malestar de la cultura’, texto con el que Freud analizó las tinieblas del trasmundo social humano.

Pero en este país ocurrieron hace poco acontecimientos importantes, que giraron en torno a esta problemática. La turba ignorante, transparentada en las pantallas y en las redes, se congregó entorno a un eslogan exquisito para la semiótica: 1 Hombre 1 Mujer. De frente: maniqueísta, pues no se conciben tránsitos de uno al otro, cómo si la mujer fuera especie-gato y el hombre especie-perro. Justificador: pues la mujer nació de una costilla, luego, además de inferior, no puede incomprender-se en el hombre. Maniático: pues se resalta la reproducción, ¡como si el mundo no estuviera a punto de estallar, de destruirse a sí mismo! Sublime: pues la crianza de un hijo es prerrogativa de la ignorancia/sabiduría, y de los errores/aciertos heterosexuales.

Hasta tal punto la falta de prospectiva, de cordura democrática, condenó a este país violento. Fue la única estrategia que permitió al partido conservador afirmarse a sí mismo que seguía siendo dueño del país: a través de la exclusión. Nuevamente, entonces, es posible afirmar nuestras aspiraciones y sueños, nuestro cuerpo, nuestra sexualidad y nuestra felicidad autónomas. Indivisibles e incorruptibles.

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